Este documento, en formato PDF, presenta un resumen de las novedades de la Real Academia Española relacionadas con la nueva ortografía publicada en 2010.

La literatura hispanoamericana corresponde a la literatura de los pueblos de habla hispana de Norteamérica, Sudamérica, Centroamérica y el Caribe, escrita en lengua española, sobre todo la publicada desde los años posteriores a la segunda mitad del siglo XIX hasta la actualidad.

La literatura hispanoamericana es una rica fuente de conocimiento histórico y cultural. Los autores de nuestro continente han dejado plasmadas en sus obras experiencias y reflexiones que nos permiten conocer las distintas realidades que han vivido nuestros pueblos a lo largo del tiempo. Desde los relatos de la conquista y la colonización hasta las problemáticas sociales actuales, podemos encontrar en la literatura una valiosa herramienta para comprender la evolución histórica de nuestra región.
Además, la literatura hispanoamericana ha tenido un importante papel en la definición de nuestra identidad cultural, reconociéndonos como parte de un legado común que va más allá de las fronteras políticas. Por estas razones y muchas más, la literatura hispanoamericana debe ser valorada como una pieza clave de nuestro patrimonio cultural.
En cuanto a la importancia de la literatura hispanoamericana, esta no se limita a su valor histórico y cultural, sino que también ha tenido un impacto significativo en la literatura mundial. Los autores latinoamericanos, como Gabriel García Márquez, Laura Esquivel y Octavio Paz, han sido reconocidos con premios y honores internacionales por sus obras. Su estilo único y la perspectiva que brindan a través de sus escritos han enriquecido la literatura global y han inspirado a muchos escritores alrededor del mundo.
La cronología de la literatura hispanoamericana está repleta de muchas referencias de importancia histórica. Desde los primeros escritos de los conquistadores españoles, pasando por el boom latinoamericano de los años 60 hasta la actualidad, la literatura hispanoamericana ha sido una fuente de expresión y resistencia frente a las injusticias sociales y políticas de la región. Los escritores han utilizado sus obras para denunciar las violaciones a los derechos humanos, la opresión y la marginalización de ciertos grupos sociales.
Esto ha hecho que la literatura hispanoamericana sea no solo un reflejo de la historia, ¡sino también una herramienta para cambiarla! Con la literatura como nuestro aliado, podemos aprender, crecer y unirnos a través de las páginas.
¿Cómo se destacan los escritores hispanoamericanos? La literatura hispanoamericana se destaca por su diversidad temática y estilística, su capacidad para retratar la realidad cotidiana y sus perspectivas únicas sobre la existencia humana. Los escritores hispanoamericanos a menudo utilizan el «realismo mágico», una técnica literaria que combina elementos fantásticos con la realidad, para crear un mundo literario que refleje los matices culturales de la región. Además, los escritores hispanoamericanos tienen una literatura que tiene su propia voz y refleja las preocupaciones específicas de la sociedad y la política latinoamericana.
En cuanto a los años de más relevancia en la literatura hispánica, podemos ver que algunos de los años con mayor influencia corresponden a la década de 1920, conocida como la «Generación del 27», y la década de 1960, que se caracterizó por el surgimiento del «Boom Latinoamericano». Estos períodos vieron el surgimiento de escritores icónicos como Federico García Lorca, Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y muchos otros. La literatura hispanoamericana ha seguido floreciendo desde entonces, produciendo obras de gran importancia y reconocimiento a nivel internacional.
Resumiendo el aspecto histórico, político, social y cultural de la literatura hispanoamericana: la literatura hispanoamericana es una pieza fundamental de nuestra historia cultural que merece ser estudiada, disfrutada y compartida con el mundo entero. La literatura hispanoamericana es una herramienta importante, no solo para entender la historia latinoamericana y mundial, sino también para cambiarla.
La diversidad temática, estilística y capacidad de retratar la realidad cotidiana muestra que los escritores hispanoamericanos tienen una literatura propia, única e incontestable; una literatura que tiene su propia voz y que refleja las preocupaciones específicas de la sociedad y la política latinoamericana. La literatura hispanoamericana es, por lo tanto, un tesoro que debe ser apreciado y compartido para que su legado continúe influenciándonos y enriqueciéndonos.
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Surge con la llegada, a finales del siglo XIX, del modernismo de José Martí, Rubén Darío y José Asunción Silva. Apartándose de un canon literario específicamente europeo, la literatura hispanoamericana encuentra sus señas de identidad en el periodo colonial y en el Romanticismo, cuando, a principios del siglo XIX, se independizan las distintas repúblicas hispanoamericanas, proceso que termina finalmente en 1898, con la pérdida, por parte de España, de sus colonias insulares de Cuba y Puerto Rico, en América, y Filipinas, en Asia.

Entre los escritores fundamentales de la primera etapa de este movimiento se encuentran, fuera de los ya mencionados, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Horacio Quiroga, Manuel Puig, Juan Carlos Onetti, Pablo Neruda, César Vallejo, Ciro Alegría, José Carlos Mariátegui, Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique, José Vasconcelos Calderón, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Augusto Roa Bastos, Miguel Ángel Asturias y Juan Rulfo.
Cualquier reflexión sobre la literatura hispanoamericana establece de inmediato una doble característica aparentemente contradictoria: la unidad y la diversidad. La unidad de las letras hispanoamericanas viene dictada por la comunidad del idioma, por el hecho radical de compartir el español como lengua común. En cuanto a la diversidad, puede decirse que es una de las consecuencias históricas de la formación de las nacionalidades en América.
De ahí que en el contexto latinoamericano la clasificación literaria por grupos nacionales pierda de vista las afinidades entre movimientos, la confluencia de estilos, la idéntica preocupación por una temática, la unidad. En suma, de un hecho literario que se expresa en una misma lengua con una portentosa gama de peculiaridades regionales.
La exposición, sin embargo, obliga a mantener un orden, pero éste, por su mismo carácter convencional, no implica, al menos en este caso, jerarquización alguna. Cabe anotar que la denominación de literatura hispanoamericana se concentra en la literatura producida en lengua española, a diferencia de la iberoamericana que, además de incluir la producción europea, reconoce el aporte peninsular (portugués y español) en la conformación de estas literaturas.
En la búsqueda de nuevas formas de afrontar el referente literario, se plantearon diversos abordajes a través de estudios de disciplinas afines. Un caso que ilustra este problema son los estudios literarios coloniales. Walter Mignolo analiza esta problemática en su artículo La lengua, la letra, el territorio (o la crisis de los estudios literarios coloniales). Parte de la problemática de configurar un corpus de obras de estudio y de definir los parámetros que se usarían para hacer la selección.
Tal problema se inicia con la perspectiva de críticos anteriores, como Enrique Anderson Imbert, que afirma que la literatura en América solo la conforman aquellos textos que hacen «uso expresivo de la lengua española en América». Descarta las producciones en lenguas indígenas, los escritores hispanoamericanos que escribieron en latín como Rafael Landívar, en francés como Jules Supervielle o César Moro, o en inglés como Guillermo Enrique Hudson.
Por el contrario, la complejidad idiomática de las colonias y las confrontaciones de culturas basadas en la oralidad y en la escritura hacen del período colonial un contexto ideal para estudiar tanto las culturas y variables idiomáticas como el espectro de interacciones discursivas.
La crisis aludida en el título se entiende como el reconocimiento, por parte de los investigadores, «de que la relevancia de la circulación de discursos en el Nuevo Mundo y entre el Nuevo Mundo y Europa para la comprensión del periodo va más allá de lo escrito (puesto que importan las tradiciones orales y las escrituras no alfabéticas) y de lo escrito en castellano por hispanos» (Mignolo, 4).
En esta revisión de los estudios coloniales se ven cuatro proyecciones que contribuyen a examinar la imagen heredada de la literatura colonial. La primera comienza antes de 1980. Se refiere a los estudios de neolatín y los estudios de la literatura náhuatl en la época del México colonial. La segunda proyección es un esfuerzo por justificar la atribución de propiedades estéticas o culturales a un conjunto de textos, que nos resulta hoy obvia, aunque no sus rasgos literarios.
A la vez, es un esfuerzo por ahondar en el origen de la literatura latinoamericana en el siglo XVI, con estudios como el de Enrique Pupo-Walker, que se esfuerza por encontrar las propiedades literarias en los escritos del Inca Garcilaso de la Vega y conjugar lo imaginario y lo retórico con lo literario en el pensamiento histórico, estudiando el uso de técnicas narrativas en discursos historiográficos.
También hay que mencionar los trabajos de Noé Jitrik sobre Colón y de Beatriz Pastor en sus estudios del discurso narrativo. Estas investigaciones tienen dos elementos en común, que son el crear un espacio crítico sobre la naturaleza de lo literario y lo hispanoamericano, y proyectar las técnicas del análisis literario hacia el análisis de discursos no-literarios.
La tercera proyección u orientación a que se refiere Mignolo es el interés en buscar las constantes más que la especificidad de un discurso y, por otro lado, las normas retóricas que regían la producción literaria y la lectura de discursos entre los siglos XVI y XVII. Finalmente, la cuarta orientación se centra en la interacción entre las fronteras idiomáticas y el discurso hegemónico.
Tanto la descripción como la puesta en escena del discurso requieren un “contexto de descripción” cuya configuración no la elabora la Historia, sino que la postula el investigador, como medio de adentrarse en esa compleja cultura de las lenguas precolombinas.
Estos ejemplos nos muestran el desplazamiento del área de estudios de la literatura hispanoamericana hacia el discurso de la colonia. También nos invitan a examinar los límites de la noción de literatura hispanoamericana y nos exigen una revisión de la noción de “literatura” y de lo “hispanoamericano”.

Borges se inicia como poeta con Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929) y se revela al mismo tiempo como extraordinario ensayista en Inquisiciones (1925) y Evaristo Carriego (1930). Posteriormente, se convierte en uno de los grandes escritores latinoamericanos con Historia universal de la infamia (1935), El jardín de senderos que se bifurcan (1941), Ficciones (1944), El Aleph (1952), El hacedor (1960) y El informe de Brodie (1970), a los que hay que sumar los volúmenes de ensayos Historia de la eternidad (1936) y Otras inquisiciones (1952).
Con respecto al medio en que aparece Borges, es importante consignar los nombres de:
La tradición fantástica que inaugura Borges tiene especial influencia en narradores como:
El boliviano Alcides Arguedas (1879–1946) es autor de una de las obras fundacionales de la novelística hispanoamericana contemporánea: Raza de bronce (1919), novela que constituye un documento esencial sobre el indigenismo. La narrativa boliviana se centra en los años treinta en la dramática guerra del Chaco, tratada por Augusto Céspedes (1904) en el volumen de relatos Sangre de mestizos (1936). Otro gran escritor es Adolfo Costa du Rels (1891), cuyas novelas, Tierras hechizadas (1931), El embrujo del oro (1942) y Los Andes no creen en Dios (1937), describen el mundo de los mineros del estaño.
Cabe destacar la influyente figura de Jaime Sáenz que marcó el devenir literario boliviano de los últimos decenios del siglo XX. Además de la importante aportación de Marcelo Quiroga Santa Cruz a la narrativa contemporánea en Bolivia.
Tras el llamado «Boom Latinoamericano» surge en Bolivia una nueva generación de narradores cuyos principales representantes son: Ramón Rocha Monroy, Juan Claudio Lechín, Gary Daher Canedo, Víctor Montoya, Edmundo Paz Soldán, Gonzalo Lema, Wolfango Montes Vanucci, Giovanna Rivero, Homero Carvalho, Claudia Peña, Eduardo Scott, Manuel Vargas, entre otros.
La Época de la Colonia o Época Hispánica estuvo influenciada culturalmente por lo religioso. Para aquel entonces, mediados del Siglo XVI, se empezaban a establecer los primeros asentamientos urbanos, alrededor de las instituciones gubernamentales españolas. El capital económico, político y cultural era propiedad de una pequeña élite, por lo cual la creación de textos literarios provenía en exclusiva de las clases altas.
Los intelectuales españoles y criollos se enfrentaron a un nuevo mundo listo para ser retratado, por eso las primeras manifestaciones literarias sirven mayormente como crónicas, donde se da cuenta de las tradiciones, los qué haceres cotidianos y los hechos heroicos del nuevo continente.
Se destacan:
El guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899 – 1974) es otra de las grandes figuras de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Poeta en sus inicios, escribe en 1925, Rayitos de estrellas, obra a la que le siguen Sonetos (1936), Sien de alondra (1949) y Ejercicios poéticos en forma de soneto sobre temas de Horacio (1951). Pero es en el campo novelístico donde Asturias se muestra como un innovador original, abandonando determinismos de tipo naturalista y concibiendo una novela de la tierra insertada en una estructura novelesca muy actualizada.
El Señor Presidente, traducida a varios idiomas, es su primera obra narrativa (iniciada en 1922, no verá la luz hasta 1946). Otras novelas relevantes de Asturias son Hombres de maíz (1949) y la trilogía formada por Viento fuerte (1950), El Papa verde (1954) y Los ojos de los enterrados (1955), que constituye un alegato contra los abusos de las compañías bananeras estadounidenses que operan en el Caribe. Asturias ha cultivado también el relato en Weekend en Guatemala (1957), en el que trata de la caída de Jacobo Arbenz, así como en El Alhajadito (1961) y en Mulata de tal (1963).
En Nicaragua, el enraizamiento de una vigorosa corriente vanguardista en los años veinte eleva el tono general de la poesía, filtrando la herencia modernista de Rubén Darío. Un poeta importante es Pablo Antonio Cuadra (1912), dinamizador de la revista Vanguardia desde 1928, y cuya obra, a partir de sus Canciones de pájaro y señora (1929 – 1931), se extiende hasta los años setenta con Poemas nicaragüenses (1930 – 1933), Canto temporal (1943), Himno de horas a los ojos de Nuestra Señora (1946 – 1954), Poemas con un crepúsculo a cuestas (1949 – 1956) y Cantos de Cifar (1971).
Ernesto Cardenal (1925). Sacerdote profundamente vinculado al sandinismo, es autor de una poesía inspirada en ideales revolucionarios, Hora cero (1956), Salmos (1964), Homenaje a los indios americanos (1970) y Canto Nacional.
Otro escritor ex-sandinista es Sergio Ramírez (1942) que ha escrito, entre otras, las novelas Castigo Divino (1988) o El cielo llora por mí (2008), novelas policíacas ambientadas en ciudades nicaragüenses ambas, y que, como todas sus producciones han recibido numerosos premios. Su novela más reconocida es Margarita está linda la mar, ficción muy entretejida con la historia de la india y en la que la ciudad de Leoncito tiene un llamado protagonismo.
Gioconda Belli (Managua, Nicaragua, 9 de diciembre de 1948). Es una de las más populares escritoras nicaragüenses. Entre sus obras destacan Línea de fuego y La mujer habitada, entre otras muchas. Comenzó a escribir poesía, siendo premiada por sus poemas en 1970. Se opuso a la dictadura del general Somoza. Esto le valió verse obligada a emprender el exilio rumbo a México y Costa Rica. Fue durante años refugiada política. Destaca como autora de poesía y de novela. Primero con obras poéticas como Línea de Fuego, Truenos y Arco Iris y De la costilla de Eva. Más tarde, en 1988, publicó una exitosa novela, titulada La mujer habitada. También escribió la novela «El Infinito en la palma de la mano» la cual fue premiada en el 2008 con el Premio Biblioteca Breve de Novela.
En El Salvador, el escaso desarrollo de la novela no ha impedido la existencia de dos sólidos cuentistas: Salvador Salazar Arrué (1899 – 1976), El señor de la burbuja (1923), Cuentos de barro (1933), y Álvaro Menéndez Leal (1930), que ha publicado entre otros, Cuentos breves y maravillosos (1963), Una cuerda de nylon y oro y otros cuentos breves y maravillosos (1970)y Revolución en el país que edificó un castillo de hadas (1971).
En la literatura dominicana sobresalen nombres como Salomé Ureña de Enríquez, José Joaquín Pérez, Angulo Guridi, poetas siglo XIX; en el siglo XX, destacan Fabio Fiallo, Otilio Vigil Diaz, Domingo Moreno Jimenes, Pedro Mir, Aida Cartagena Portalatin, Manuel Del Cabral Tomas H. Franco, Franklin Mieses Burgos, como poetas, Juan Bosch (cuentista) Pedro Henríquez Ureña y Joaquín Balaguer (Ensayistas); en la novela sobresalen Manuel de Jesús Galvan, Juan Bosch, Marcio Veloz Maggiolo, entre otros.
A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, destacan escritores como Froylán Turcios (1875-1943) y el poeta modernista, Juan Ramón Molina (1875-1908). Historiador de reconocida trayectoria continental resulta ser don Rafael Heliodoro Valle (1891-1959). Con la novela Prisión Verde, ambientada en los campos bananeros de la costa norte del país y escrita por el novelista Ramón Amaya Amador (1916-1966), se inaugura en Honduras la literatura del realismo social.
A partir de los años 60’s y 70’s, los poetas Óscar Acosta (1933) (premio Casa de las Américas), Rigoberto Paredes (1948), José Adán Castelar (1941) y José Luis Quesada (1948), junto a narradores como Julio Escoto, Eduardo Bähr-libro, «El cuento de la guerra»– y Ernesto Bondy Reyes (1947)-libro, «La mujer fea y el restaurador de obras», entre otras y otros literatos de cierta importancia que no se mencionan aquí.
Dos grandes poetas de la literatura hispanoamericana aparecen en Chile, afirmándose en el momento en que cede el creacionismo de Vicente Huidobro (1893 – 1948). Estos poetas son Gabriela Mistral (1889 – 1957) y Pablo Neruda (1904 – 1973), ambos Premio Nóbel de Literatura en 1945 y 1971, respectivamente.
La obra poética de Gabriela Mistral, Desolación (1922), Ternura (1925), Lagar (1954), está hecha de fuerza y de pasión, y a pesar de su descuidada forma es poseedora, en su canto al amor y a su Chile natal, de un alto lirismo.
Roberto Bolaño es el último gran escritor. Su obra póstuma 2666 dice ser la culminación de su estilo literario que se mezcla con la crónica. No obstante, existen muchos otros escritores que merecen una mención por su aporte a las letras chilenas. Podemos citar las novelas de Roberto Ampuero, que en su mayoría son de tipo policial, con el detective cubano Cayetano Brulé como protagonista.
Otro novelista muy cotizado es Jorge Marchant Lazcano, que hace una feliz combinación de lo histórico con lo costumbrista. Pero si de espías y acción se trata, Sebastián Edwards lo hace bastante bien en su primera intentona literaria. Su novela El misterio de las Tanias resultó ser un éxito de ventas.
Para quien quiera conocer un poco más sobre el norte de Chile y la vida de los mineros, la solución está en leer a Hernán Rivera Letelier. Este autor no solamente es un gran conocedor de aquel entorno, sino que sabe retratarlo con suma nitidez, en una prosa que entretiene e ilustra. Marcela Serrano es la creadora de una literatura de sesgo más bien feminista, con algunos tintes policiales, como en «Nuestra señora de la Soledad». En poesía destacan Juan Cameron y Juan Antonio Huesbe, ambos poseedores de una lírica muy potente y con un cierto dejo de protesta.
La mayor contribución del Ecuador a la poesía hispanoamericana contemporánea se da a través de la obra de Jorge Carrera Andrade (1902), cuya mejor lírica, que a menudo acoge un tono impresionista, está presente en El estanque inefable (1922), El tiempo manual (1935), Biografía para uso de los pájaros (1937), Registro del mundo (1940), Hombre planetario (1959) y Poesía última (1968).
En los años treinta, la narrativa ecuatoriana atravesó una fase de espléndida creación gracias a la obra del Grupo de Guayaquil, que se caracteriza por su inquietud social, cabe destacar entre otros a los escritores Joaquín Gallegos Lara (1911–1947), Enrique Gil Gilbert (1912–1973) y José de la Cuadra (1903–1941), este último autor de varios volúmenes de cuentos, Repisas (1931), Horno (1932), Guásinton (1938) y de la novela Los sangurimas (1934).
Pero el escritor más célebre de esta época es Jorge Icaza (1906), cuya obra se encuadra en la narrativa indigenista. Su novela Huasipungo (1934), que trata de la explotación a que el blanco somete al indio, es mundialmente conocida. Una temática indigenista es la que inspira igualmente las novelas Huairapamuchcas (1948) y Seis veces la muerte (1953).
La narrativa posterior sigue bajo la influencia de Jorge Icaza y el Grupo de Guayaquil. Más allá de esta influencia cabe citar a Adalberto Ortiz (1914), quien describe los problemas del negro y del mestizo en Juyungo. Historia de un negro (1943), La mala espalda (1952) y El espejo y la ventana (1967), y a Pedro Jorge Vera (1915), autor de novelas, Los animales puros (1946) y cuentos, Luto eterno y otros relatos.
Hacia los años treinta del siglo XX, la novela de la revolución mexicana se halla en su auge. El primero en iniciar esta corriente narrativa había sido Mariano Azuela (1873 – 1952), con una novela internacionalmente conocida y que constituye uno de los hitos de la literatura latinoamericana del siglo XX: Los de abajo (1915).
Por medio de un crudo realismo, Azuela presentaba en esta novela una antítesis entre dos personajes, Demetrio Macías y Luis Cervantes, como representación de los ideales populares de la revolución, que mueren, al igual que el protagonista, y del pragmatismo oportunista que termina por adueñarse de la situación, tergiversando los propios fines revolucionarios.
El impacto de Los de abajo sólo puede ser comprendido si se atiende al hecho de que crea toda una modalidad narrativa, que perdurará hasta mediados del siglo XX. Una relación esquemática de la novelística de la Revolución mexicana debería incluir las siguientes obras: El águila y la serpiente (1928) y La sombra del caudillo (1929) de Martín Luis Guzmán; Apuntes de un lugareño (1932) y Desbandada (1934) de José Rubén Romero (1890 – 1952); ¡Vámonos con Pancho Villa! (1931) y Se llevaron el cañón para Buchimba (1934) de Rafael F. Muñoz; El resplandor (1937) de Mauricio Magdaleno y, finalmente, la pentalogía Memorias de Pancho Villa, que redacta Martín Luis Guzmán entre 1938 y 1951. Por la misma época en que se desarrolla esta narrativa de la revolución, la poesía mexicana se orienta decididamente hacia el vanguardismo.
En sus ensayos, Octavio Paz ejerce un magisterio que, sin duda, es el más influyente en la actual literatura mexicana. Los temas de que trata son múltiples: literarios: Las peras del olmo (1964), Cuadrivio (1965); históricos: Conjunciones y disyunciones (1969), La búsqueda del comienzo (1974); de moral, política, arte, etc.: Puertas al campo (1966), El mono gramático (1974), Los hijos del limo (1974); sin olvidar su ensayo sobre la esencia de lo mexicano: El laberinto de la soledad (1950). El conjunto de esta producción ha convertido a Octavio Paz en un fecundo ensayista de la literatura latinoamericana.
La lírica mexicana actual, muy influida por Paz, cuenta con nombres como los de Alí Chumacero (1918), Jaime García Terrés (1924) y Marco Antonio Montes de Oca (1932).
Hacia mediados del siglo XX surge, en el campo de la narrativa, una generación de transición entre los novelistas de la revolución y la generación joven de narradores contemporáneos. Dos nombres son fundamentales en este momento: Agustín Yáñez (1904 – 1980) y Juan Rulfo (1918). El primero con, Al filo del agua (1947), rebasa técnica y estilísticamente la novelística anterior, con lo que establece el punto de partida para la modernización del género. Posteriormente, Yáñez aporta dos nuevos títulos: La tierra pródiga (1960) y Las tierras flacas (1962).
Con tan sólo dos obras Juan Rulfo se consagra como maestro de la literatura latinoamericana contemporánea. En los relatos de El llano en llamas (1953) aparecen en las áridas tierras de Jalisco, donde «los muertos pesan más que los vivos». Con una lengua prodigiosa, parca y concisa, y desde un punto de vista impersonal, Rulfo hace desfilar en una sucesión de encuadres impresionistas, la acción es escasa, la realidad de unas gentes al borde de la desesperación.
El clima de los relatos es de alucinación, pues no hay ropaje alguno que enmascare la miseria. En la novela Pedro Páramo (1955) utiliza idénticos procedimientos para contar una historia que está prendida por la fatalidad.
De la misma generación que Rulfo es Juan José Arreola (1918), autor de dos volúmenes de cuentos, Varia invención (1949) y Confabulario (1952), y de la novela La feria (1963). José Revueltas (1914 – 1976) aporta en este periodo sendas novelas, El luto humano (1943), Dormir en tierra (1960), que, en parte, delinean un puente hacia la nueva generación de narradores, encabezada por Carlos Fuentes (1929).
Con La región más transparente (1958), este autor inicia su exploración de la realidad mexicana que irá ampliando en sucesivas novelas, Las buenas conciencias (1959), La muerte de Artemio Cruz (1962), Cambio de piel (1967), hasta llegar a Terra nostra (1976), la más ambiciosa de sus obras. Entre los narradores más jóvenes que aparecen en el panorama mexicano después de Carlos Fuentes cabe señalar, entre otros, a Juan García Ponce, Tomás Mojarro, Vicente Leñero, Salvador Elizondo, Sergio Pitol y Fernando del Paso.
Entre los poetas, fuera de Paz, hay que destacar especialmente la independencia y popularidad de Jaime Sabines y la lírica de Rosario Castellanos.
En Paraguay, la personalidad de Augusto Roa Bastos (1917-2005) ocupa un lugar esencial. Sus relatos breves El trueno entre las hojas (1953), El baldío (1966) y Moriencia (1967) describen magistralmente distintos aspectos de la vida paraguaya. Como novelista, Roa se hace intérprete en Hijo de hombre (1960) de la opresión del pueblo paraguayo, mientras que en Yo el Supremo (1974) reconstruye la figura del doctor Francia, “Perpetuo Dictador del Paraguay”, en una meditación sobre el poder. Solo por esta novela, Roa ya se merecería figurar entre los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX.
Dos puntos de partida se ofrecen en la literatura peruana de antes de la Segunda Guerra Mundial. De un lado, la obra de uno de los grandes vanguardistas latinoamericanos, el extraordinario César Vallejo (1892–1938), Los heraldos negros, Trilce (1922), Poemas humanos (1939), España, aparta de mí este cáliz (1940). De otro, la dinamización impulsada por José Carlos Mariátegui (1895–1930) desde la revista Amauta (1926), que aglutina las tendencias literarias de vanguardia.
Mariátegui aporta, además, como ensayista, sus 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, siendo el primer escritor que incorpora el marxismo a su análisis de la realidad hispanoamericana. Rompiendo totalmente con el indigenismo paternalista de Clorinda Matto de Turner. Mariátegui avanzaba un indigenismo liberacionista que sería incorporado en el pensamiento de mucha de la izquierda latinoamericana.
La narrativa peruana se afirma en 1941 con la publicación de El mundo es ancho y ajeno , de Ciro Alegría (1909–1967), que consagra el indigenismo en la novela hispanoamericana. José María Arguedas (1911–1969) presenta una temática indigenista que se parta del tradicional paternalismo implícito en las novelas de este género. Para Arguedas, el indio es un ser moralmente superior a sus explotadores. Las principales obras de este autor son Los ríos profundos (1958), El sexto (1961) y Todas las sangres (1964); publicada póstumamente apareció en 1971 El zorro de arriba y el zorro de abajo.
Entre los novelistas que heredan las inquietudes e Arguedas, aunque centradas en un medio urbano, cabe mencionar a:
En el momento de apertura en que se mueve la narrativa peruana, Enrique Congrains (1932), publica con anterioridad a Vargas Llosa, No una, sino muchas muertes (1957), obra de temática urbana. Alfredo Bryce Echenique (1939) describe el ambiente de la oligarquía limeña en Un mundo para Julius (1970). Otro gran exponente de la literatura peruana es Santiago Roncagliolo quien en el 2006 fue galardonado con el premio alfaguara por su obra Abril Rojo.
Hay una literatura puertorriqueña que podemos remontar a los orígenes mismos de la empresa de conquista y colonización. Por la isla ha habido los distintos momentos de movimientos literarios y no pocos momentos sus contribuciones a la literatura hispanoamericana han sido significativas como es caso de Eugenio María de Hostos y de Manuel Zeno Gandía con una extraordinaria novela naturalista La Charca.
En el siglo 20 la literatura puertorriqueña, bajo el signo de la influencia norteamericana en distintos aspectos ha logrado, pese a los intentos de americanización y anglicación de la enseñanza en producir una literatura valiosa en lengua castellana, variante de Puerto Rico. Movimientos de vanguardia los hubo como previamente tuvo sus modernistas.
En llegando el momento del «boom» latinoamericano dos escritores supieron trascender fronteras: Emilio Díaz Valcácel, con Figuraciones en el mes de marzo (finalista Biblioteca Breve) y Pedro Juan Soto, con El francotirador. Años más tarde, Luis Rafael Sánchez publicaría la exitosa Guaracha del macho Camacho e igualmente Rosario Ferré, novelista que incluso ha incursionado en el mercado de lectores norteamericano.
El universo narrativo de Juan Carlos Onetti (1909), profundamente singular, se mueve entre el escepticismo y la falta de esperanza, como reflejo de una existencia cuyo sentido parece vacío de todo significado. Tras las tentativas de El pozo (1939), Tierra de nadie (1941) y Para esta noche (1942), Onetti crea un mundo original en La vida breve (1950), a la que seguirán Los adioses (1954), Para una tumba sin nombre (1959), La cara de la desgracia (1960), El astillero (1961), Tan triste como ella (1963), Juntacadáveres (1964) y Dejemos hablar al viento (1975).
El Uruguay ha dado además una larga línea de destacada poesía femenina. A la ya mencionada Delmira Agustini debe sumarse al menos María Eugenia Vaz Ferreira, Juana de Ibarbourou, Sara de Ibáñez, Idea Vilariño, Ida Vitale, Circe Maia, Amanda Berenguer y Marosa di Giorgio.
El periodo de entreguerras se caracteriza en Venezuela por el intento de liquidación del modernismo academicista en poesía y por la aparición de tendencias vanguardistas agrupadas, desde 1936, en la revista Viernes. En esta llamada Generación de 1928, sobresale: